La mente y la alimentación están íntimamente ligadas. Tanto que la primera suele ser la principal saboteadora de la segunda. Descubre 4 maneras en que nuestra mente llega a provocar que rompamos la dieta, y cómo eliminarlas.
Ponerse a dieta
Sí, el simple hecho de pensar en la palabra “dieta” provoca ansiedad. Además, es muy probable que percibas la dieta como un proyecto con un plazo específico, que te estresa y que sólo te sentirás bien cuando haya terminado. El problema es que cuando se acaba vuelves a comer como antes y viene el efecto “rebote”, y todo tu esfuerzo se pierde. La solución es considerar la dieta como un cambio de hábitos hacia un “estilo de vida saludable”. De esta manera se percibe como un proyecto a largo plazo para cambiar tu forma de comer y cuidarte permanentemente. De nada sirve hacer dieta un rato, el bajar y subir continuo es muy malo para la salud a la larga. La próxima vez que te sientes con el menú en la mano, haz tu elección pensando en “¿qué alimento se me antoja que vaya bien con mi nuevo estilo de vida?”, y no en qué engorda menos, qué tiene menos calorías o qué puedo comer para no romper la dieta.
Ir al súper con hambre
No hay peor error que este, porque sin importar lo grande que sea tu fuerza de voluntad, el instinto de buscar alimento provoca que caigas más fácilmente en la tentación de comprar comida de más. Aparte de tu bolsillo, tu alimentación también sufrirá. Es recomendable ir por la despensa después de haber comido y saciado tu hambre. Incluso si sientes que comiste de más puede ser benéfico, porque se te antojarán menos las cosas. Otra estrategia es hacer una lista de lo que necesitas y atenerse a ella. Si haces un presupuesto máximo de gasto en el súper, procura que sea lo más exacto posible para que te quede el mínimo sobrante. Así te evitas el “gustito extra” que en muchas ocasiones puede ser un chocolate o antojito con calorías de más.
Ayunar
Muchas personas creen que el pasar hambre es parte natural de proceso para bajar de peso. Esto no tiene por qué ser verdad. De hecho, el pasar mucho tiempo sin comer altera el metabolismo. Al no estar recibiendo alimento constantemente, el cuerpo se pone en modo de reserva y acumula más energía en lugar de utilizarla. Lo más recomendable es hacer tres comidas fuertes al día, con dos colaciones intercaladas. El secreto está en comer sólo alimentos nutritivos en cada una de estos cinco tiempos, en lugar de antojitos o golosinas.
Ceder ante el antojo
El antojo es una sensación que no se parece al hambre en lo más mínimo. De hecho, está comprobado que es una cuestión puramente mental y emocional. Puede estar relacionada con alguna experiencia pasada, sobre todo en la infancia, en la cual la comida en cuestión recompensó algún comportamiento nuestro. Tal vez mamá nos premiaba con un chocolate al terminar la tarea, y esto se refleja en la edad adulta, cuando sientes que te mereces “una pequeña recompensa” tras la jornada laboral. Para evitar ceder, detente un momento a reflexionar: ¿lo quiero porque tengo hambre, o es sólo un antojo? El concientizarlo puede ayudarte a hacer la elección correcta. Cuidarás tu alimentación, y además ahorrarás.
Escrito por: Nahiely Aquino
